El rugido de un armatoste sobre ruedas,
de esos que llevan mucha gente,
entro por mis oídos, pero salio por mis ojos.
Corrí desesperado a juntar palabras, pero solo encontré imágenes.
Compré un lienzo en blanco y se empezó a pintar.
Pedí blancos y grises pero me dieron colores.
Confundido y resignado, decidí dejarlo dibujar,
pero comenzó a pintar.
Enojado, no hice nada, pero el muy mal querido por sus padres,
tampoco hizo nada.
De repente moví un dedo por equivocación, un reflejo,
y de reojo vi como su dedo también se movía.
Tomé un color y con un suave movimiento lo esparcimos en el fondo.
Verdes para los pastos y rosas y rojos para el amanecer.
Un flautista borroso,
con la sonrisa hasta el ojo,
hizo sumiso al enojo,
alzo la vista al asombro,
del poderoso cristal,
que brillaba a lo hondo,
y se perdía en el mar.
Se introdujo dudoso,
creció recio y hermoso,
y cayó.
Renació con gozo,
se puso a pelear,
tardo dos laderas
pero encontró la que era.
se puso a pelear,
tardo dos laderas
pero encontró la que era.
Escaló sin espera,
se sostuvo,
y se dejó volar.
se sostuvo,
y se dejó volar.


